En la siguiente narración se reportará lo visto en la visita al Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) y se reflexionará brevemente sobre la pertinencia que las exposiciones vistas tienen con respecto a la construcción del arte contemporáneo y su inmersión en lo social como justificación teórico-conceptual.
Cabe destacar que dicha reflexión antes mencionada se basará en fragmentos de las exposiciones “Cildo Meireles”.Hablar de arte contemporáneo en términos claros resulta ambiguo. Monstruoso, se nos presenta en ocasiones, como la cumbre del abstraccionismo posvaguardista que en origines, debido a nuestra falta de acercamiento continuo al arte, se vuelve nebuloso y distante en cuanto al terreno de su comprensión teórica y más aún retórica y pragmática.
El MUAC, desde su construcción y sus paredes blancas, nos recibe con un aire majestuoso que el cemento torna formal y un tanto distante. Las formas de la galería que se vuelve laberíntica, nos hace temer de un minotauro que en su corazón alberga, más en fuerzas divididas, bajo una sensualidad mística se expande.
Cildo Meireles nos recibe en la primera trampa del laberinto. Lo acuchillante de sus formas en su carencia de materialidad, nos hace viajar hasta tablas de cemento infinito en donde sólo aliento habita. Más allá del cordón, más allá de espacio, las formas cúbicas nos indican el sutil sarcasmo del espacio en donde la risa del minotauro resuena. Tanto en dibujos perspectivisticos, como en colosales cubos rectangulares, la lógica se tuerce ante la expectativa de posibilidad de fuga. Un avance innegable hacia la mofa del determinismo, una búsqueda de algo más, que en necio recelo se estrella en una orilla, cae a pedazos del precipicio. La obstinación del espacio dónde habitar, dónde esconderse, más es demasiado fugaz, muy pronto, y se da la vuelta. Se abre la segunda trampa del laberinto.
Entre las piezas de la construcción, se abre camino la demolición de la estructura. Patentes estudios antropológicos, sociológicos, topográficos y humorísticos. Más cabe destacar la jaula transparente de la bestia. Ahí, encerrada como si fuese ladrido ladrón, un mudo nuevo silencio nos aturde, nos absorbe. Yankees go home, grita cada fragmento de la bestia. Más todos iguales, más todos diferentes. Absurdismo poético redundante, más escalonada interpretación. Camuflageada entre los comunes, se vuelve objeto, bomba, suicida. Y el nuevo grito nos inunda, por detrás. Acuñado, empapelado. La figura monstruosa de un dragón confunde por momentos al valiente caballero. Por demás la única figura perfecta, que por imperfecta se muerde la cola, que por imperfecta existe en ambos lados del suplicio. Visible grito ahogado de nimiedad, lado a lado, como feliz pareja. Ambos unidos, más por invisible la delgada línea sin sutura, escurre y llena de sangre la blanca pared, la gotera se expande a toda la sala de evidente tortura, de evidente sumisión. Será acaso que el líquido mágico, además de atraer malévolos insectos, está puesto ahí a razón de disimular su sedienta impotencia. Más bien le da más fuerza, el gorgoteo que con ella logra espanta el eficaz disfraz que el caballero usa para con la bestia. Pero aún así, sigue adelante extendiendo su cordón.
El cuarto manchado de sangre, donde la bestia entra por el órgano blando y acuoso, por obsceno y sublímente excitante, es pasado por alto. Harto está de retar su integridad.
Frente a esferas de fuego, Babel. Incandescente. Imponente. Impotente. Cenil. La hermosa visión de un dormitorio de la bestia. De nuevo dividida. Y ahí se encuentra, en cada punto, en tonos, poco identificable. Sus millones de bocas, de ojos, de brillos lo atraen. Ahora por mosquito hacia la linterna el caballero se dirige. Y su arrogancia no le queda clara, y su castigo será eterno. Todo, todo a su disposición. Incapaz de aprehender algo. Su avaricia es su mayor pecado, aún no lo entiende. Captar. Capta la voz de la bestia, la encierra y sólo la hace más fuerte porque no la entiende, se le vuelve más ajena. El caballero se embelece, se vuelve uno con cada parte de la bestia. Comienza a enamorarse de ella.
Interminable sería describir el camino del caballero por el laberíntico corredor, que uno tras uno lo llevan a enamorarse cada vez más de la bestia, a temerle por seducción, por curiosa atracción fatal. Ante las vértebras del monstruo, en carne viva, el caballero se atreve a pasar junto de ellas. Las examina, las huele, las toca, las vive. Ante sus desechos, ante sus reflejos, ante su colosal magnificencia poco encuentra relación entre sus pasillos. No sabe ya si vio dragón, si vio serpiente, si vio minotauro o si se vio a si mismo, si vio hombre. Sabe que oyó gritos, que vio sangre, que inspeccionó su guarida, que sintió su aliento, que por todas partes lo vio, y no entiende qué fue. Suficiente de esto corre por las venas ya. Seducido por su embrujo algo le detona el alma.
De momento, ligero detalle de sofisticación exige denotar que en su mente guardó recoveco. Un punto iluminado hacia la nada. El espacio, la gota de luz, que más allá de todo, lo dice todo, nada más allá. El asombro y la continua ambigüedad de encontrarse dentro, y de no poder obtener, la unidad mínima junto al coloso rojo. La clave de encontrar la construcción del laberinto, el dedo en la llaga. La contraseña de encontrar la esencia del minotauro, la interacción del espacio, y Teseo. Siente. La abstracta construcción del correr de la venas se vuelve ideal, se vuelve la premisa básica que permite el error de la monotonía. Se entiende la visible sombra del minotauro. Caballero. El anfitrión no muestra jamás la salida, pone a cada paso un alfiler más en el curioso maniquí que la absurda figura del caballero forma. Denota, ante su cotidianeidad que nunca se dio cuenta, durante el trascurso de su viaje hacia el laberinto, que cada concepto ideal iba creando un edificio tambaleante, tan lleno de claridad como Babel, tan obseno como el cuarto rojo, tan tangible como los cubos de hilo, tan humano como las vértebras, tan sádico como su máquina de aliento. Y al final queda la burla, la mofa, de su absurda parsimonía. Un billete marcado con el precio que la lobotomía capitalista practicó desde siempre al caballero. Una muestra de que en ni en un espacio posible, es posible esconderse. Nada. Cero a cada lado.
Ahí radica la contundencia del trabajo de Cildo Meireles inmerso en la retórica del arte contemporáneo. La abstracción de la cotidianeidad hacia el absurdo, su transformación en una bestia en apariencia incomprensible. Por que no hay nada más altamente simbólico que lo sensible. Cildo Meireles le da materialidad, le da ojos, boca, garras, aliento, y un gusto muy exquisito al monstruo contemporáneo, que más allá de su performatividad, da cuenta de una parte de su contraparte.
Al salir de la galería y sus monstruosas paredes blancas, entramos al verdadero laberinto de la bestia. De esta bestia que responde por nombre. Teseo.




